Aun recuerdo ese extraño lugar, ese jardín tan amplio, pero a la vez tan vació. En el se encontraba una extensa pared con una gran hiedra como abrazándola de este a oeste; uno puede haber caminado por esa cera en mil ocasiones pero dificilmente notar esa pequeña puertezuela con aroma a roble por la que un día me invitaste a pasar.
Ese día y valla, que día, lo recuerdo muy bien, lo planeamos días antes, el tiempo pasaba pero por una u otra razón nunca llegaba nuestro momento, no podía mas, deseaba morir y regresar solo para vivir ese momento que, aunque la espera fue larga (aproximadamente 46hrs.), cada uno de esos desquiciantes segundos valieron la pena.
Subir a nuestras bicicletas aun de madrugada y vagar por la ciudad a tu lado, cruzar calles solitarias y alumbradas por pequeños faroles, sentir la humedad de la madrugada de octubre, pasar parques tan silenciosos y tiendas cerradas para finalmente llegar a esa puertezuela rechinante y así sentarnos en ese angosto banquillo para poder mirar penetrar el alba entre tus dulces rizos, verte sonreír y maximisar el momento con ese "TE AMO" tan sincero, tan completo, tan recomfortante...
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