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Había una vez un par de zapatillas doradas, pero no hablo de cualquier estilo, estas eran unas zapatillas hermosas, hechas a mano y detalladamente, estaban bañadas en oro con un brillo destellante uniforme, con una banda lateral ascendente -ancha por los lados con destellos de plata- que se unía en una delgada línea en el talón, tan hermosas como una mujer, y vaya que esto estaba bien, pues si estas zapatillas estaban destinadas para ser pulidas por una hermosa bailarina, debían de estar a su altura.

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